jueves, 27 de agosto de 2009

Naturaleza humana

¿Cuál es nuestra verdadera naturaleza? ¿Nacemos como seres dispuestos para el bien y la sociedad y su violencia termina corrompiéndonos? ¿O más bien somos animales feroces que la socialización consigue amansar?
Hasta hace poco, estas preguntas no tenían respuestas. Los filósofos teorizaban y teorizaban, pero nadie podía aportar ninguna prueba, porque para tener la respuesta a la esencia humana había que llevar acabo un terrible experimento: coger a un recién nacido, arrancarlo de su madre, y dejarlo en absoluta soledad en mitad de la naturaleza. Mientras, se le observaría y podríamos ver en qué se convertía.

Pero lo cierto es que no hacía falta ningún experimento. En varias ocasiones, en desconocidas circunstancias, niños han crecido en mitad de lo salvaje. Algunos en completa soledad, otros, formando parte de una manada de lobos o entre osos.
Existen varios casos documentados, uno de los más famosos es el de Victor de Aveyron. Se le encontró con 12 años en un bosque francés, no hablaba, solo gruñia. Olía todos los alimentos antes de comerselos y se arrancaba amordiscos la ropa que le ponían. Al haber crecido en completa desnudez, no sentía frío. Al principio se creyó que era sordo, porque no reaccionaba ni cuando se le gritaba y, sin embargo, se giraba cuando se cascaba una nuez a su espalda.


Otro caso maravilloso es el de unas hermanas que se criaron con lobos. Formaban parte de la manada. Cuando se les encontró tenían 2 y 8 años. Solo gateaban y por supuesto no hablaban, sólo gruñian y aullaban. Comían carroña de animales muertos y lamían los liquidos.

Estos casos increibles dejan claro que somos animales. Que sin lenguaje y sin crecer en un entorno que potencie las habilidades mentales que hoy nos son tan normales, no nos diferenciaríamos demasiado de los hombres primitivos que nos han pintado viviendo en cuevas y con un garrote en la mano. Pero a la vez deja patente la capacidad del ser humano para vivir en la naturaleza, aprobechando los recursos que ella nos da. Muchos de estos niños subian a los árboles de forma increible y se movían de noche sin dificultad. Los seres humanos actuales estamos desconectados de esa esencia. Lo natural nos resulta extraño. Como dijo Harlan Lane "si Victor hubiera llevado a sus médicos a los bosques, si hubiese examinado su mirada, su capacidad auditiva, su sentido del tacto y sus destrezas motoras, se habría visto obligado a situarlos en la categoría de animales heridos o con deficiencias".



INFO: MUY INTERESANTE - Nº340

viernes, 21 de agosto de 2009

Niños

Los niños pequeños son criaturas maravillosas. Son seres libres en gran medida de las exigencias de nuestra loca sociedad y sobre todo: no tienen miedo.

Los niños no nacen con miedo a cosas, más bien al contrario, nacen con una curiosidad desbordante que les lleva a asimilar en muy poco tiempo muchísima información sobre el nuevo mundo al que han llegado. Todo lo miran, todo lo tocan, todo se lo llevan a la boca, que es básicamente por donde ellos empiezan a entender el mundo. Es en este momento en el que entran en juego los padres. Algunos padres se ocupan de sus hijos, como es normal, y les advierten de que el fuego quema, de que los coches atropellan o de que las caidas duelen. Otros viven en un estado permanente de preocupación neurótica en el que intentan la titánica tarea de evitar a sus hijos todo tipo de dolor o sufrimiento.

Este tipo de actitud genera exactamente los resultados contrarios. La sobreprotección crea niños inseguros, que no se atreveran a explorar el mundo solos, que vivirán con miedo a todo, pero que no aprenderan nada de la vida. En última instancia, no es más que una transfusión de miedos via padre-hijo, sin madurez, sin evolución.

Eckhart Tolle, en su libro "Un mundo nuevo, ahora" decía: "¿No sería maravilloso poder evitar todo tipo de dolor a nuestros hijos?" y él mismo contestaba: "No, no lo sería. Porque a través de él aprendemos sobre nosotros mismos. La paz interior es la ausencia de dolor emocional, pero solo a través dolor se llega a ella".

miércoles, 19 de agosto de 2009

Imágenes


Todos tenemos una imagen de nosotros mismos. Cada persona va formando su propia imagen de lo que ella es, de lo que fue y de lo que le gustaría ser. Existe la autoimagen física, la mental y muchas más. Tantas como ámbitos tiene la vida. De la misma manera, tenemos lo que podríamos llamar identidades, y asociadas a estas identidades, más autoimagenes. A si pues, yo que me dedico en parte a la música, tengo mi identidad de músico separada de la identidad de hijo o de estudiante y actuaré de una forma espécifica en este apartado de mi vida. Unida a mi identidad de músico tengo una imagen creada por mi mismo, que no es más que la opinión que tengo sobre mi como músico y que la he ido contruyendo en base a mis propios criterios pero sobre todo en base a las opiniones que los demás me han ido comunicando. Asi, cuando alguién me dijo que tenía talento para la música, empecé a crear una autoimagen positiva sobre mi persona en lo referente a la música.



Bien, estas ideas, imagenes, opiniones, creencias, etc, que tenemos sobre nosotros mismos son, en gran medida, lo que nos lleva a hacer una cosa u otra. La clave está en que intentamos mantener estas autoimagenes positivas a cualquier costa. En parte tener un autoconcepto positivo es una de las variables más importantes a la hora de tener cierta estabilidad psicológica, y por eso si yo creo que soy un buen músico, o estudiante, o conductor, haré lo que sea necesario para que esa autopercepción se mantenga.



Por eso hay gente que te dice que no es racista, pero que no le gustan los moros. Porque su autoimagen le dice que ella no es racista, porque solo la malas personas son racistas...



Por eso duele tanto que nos rechacen o que nos critiquen, porque de alguna manera te dicen que no eres tan buen estudiante, o tan buen deportista o artista como tú te decías a ti mismo.



Por eso nos cae tan bien la gente que nos alaga.



Por eso existen la anorexia o la bulimia.






viernes, 7 de agosto de 2009

Historias

Cuenta la historia que hace mucho tiempo existía un dios. Un dios que observaba al ser humano desde las alturas y que sólo encontraba odio y pecado. Un dios que había perdido la fe.

Sólo una mujer se salvaba. Ella rezaba todos los días, y nunca pedía nada para si misma, a pesar de llevar una vida llena de miseria y desgracias. Siempre alzaba sus plegarias para que sus vecinos o familiares tuvieran una mejor suerte. El dios que la observaba a diario, decidió hacerle una visita y recompensarla.

Apareció ante de ella y le dijo:

- ¿Sabes quien soy?

- Claro que lo sé, mi señor, mi Dios -contestó ella arrodillandose. -¿Has venido a ayudar a mi vecina? Ayer recé por ella, es muy desgraciada, su marido la golpea cada noche.

- No. Ella es una pecadora, como todos. Se acuesta con muchos hombres y su marido es un borracho, no merecen mi ayuda. He venido a ayudarte a ti, que eres la única pura de espíritu.

La mujer quedó pensativa y finalmente le dijo.

- Mi Dios, lo siento, pero ellos necesitan más la ayuda que yo. No deberías juzgarlos tan severamente, viven en un mundo lleno de demonios y pobreza. La vida los maltrata cada día y ellos salen adelante defendiendose de la única manera que saben. Hasta el mejor perro muerde cuando se cansa de que lo maltraten.

Y el dios vio la verdad en las palabras de la mujer y así fue como una mortal enseñó a un dios a ver más alla, a no juzgar si conocer las circunstancias presentes y pasadas de cada individuo. Porque todos tenemos una historia.


Historia basada en otra historia del libro "El nombre del viento" de Patrick Rothfuss.

sábado, 1 de agosto de 2009

El valor de las cosas

Érase una vez, el hombre. El hombre, al principio, como los demás animales, era nómada, cazador y recolector. Esto quiere decir que se iba moviendo constantemente según las migraciones de los animales de los que se alimentaba. Digamos que no le daba tiempo a decorar la cueva y ya se tenía que marchar. Su vida era una lotería, cada día tenía que salir y probar suerte con la caza. Si cazaban comían, sino se morían de hambre.

Pero llego el día en el cual los hábitos del hombre se fueron transformando radicalmente, gracias a un invento increible: la agricultura. La agricultura convirtió al hombre en sedentario, lo fijó a un sitio concreto, que llamaría hogar y con el tiempo pueblo, luego, quizás, pais. La agricultura permitió al hombre almacenar comida para comerla más tarde y con ello le dío el Tiempo. Desde este momento hasta ahora el hombre perdería de vista el presente, que es el único momento en el que la vida ocurre, para vivir en el futuro o pasado.

Hoy, seguimos almacenando cosas, quizás demasiadas, como si tuvieramos miedo a volver a la época de las cuevas y la caza.

PD: Durante los días siguientes actualizaré menos, porque estaré de vacaciones lejos de las maldades de internet. Pero volveré.